Monjas de clausura Clarisas Valdemoro manos anillo

Croquetas de… Monjas de clausura

Muchas veces lo ajeno te resulta más atractivo que lo propio. Así me sentí yo la semana pasada, tras visitar un convento de clausura en Valdemoro. Fui con el que fuera mi jefe y ahora amigo, Gonzalo Castillero, que iba a hacer una entrevista a unas monjas clarisas ahora que se cumple el 400 aniversario del monasterio en el que dedican su vida a Dios y a la oración. Cuando me preguntó si podía acompañarle para hacer las fotos, no lo dudé.

 

Antes de llegar no sabíamos qué tipo de fotos podríamos hacer. Así que iba con algunas ideas en mente. El optimismo que me caracteriza me hacía estar tranquila, al tiempo que esa tranquilidad me hacía pensar que sería una tarde especial. Y así fue.

 

Si hubiera podido elegir mis imágenes soñadas para ilustrar ese reportaje, elegiría alguna de la vida real tras los muros del convento. Así se lo hice saber a la madre superiora cuando explicábamos la idea de reportaje que teníamos en mente. Y es que, como lectora, es lo que más me apetecería ver, mientras las líneas del texto me trasladan a las personas que, bajo sus hábitos marrones, decidieron un día entrar a formar parte de esa familia-comunidad en clausura. Pero sabía que, por razones obvias, no sería fácil tener acceso a ello.

 

Gonzalo condujo la entrevista de manera brillante ante la presencia de la madre superiora y de dos monjas, que, en su treintena, acumulaban juntas más de 15 años viviendo en el convento. Concretamente, una 11 años y la otra seis y medio. Dos chicas que compartían varias cosas: ambas habían estudiado en la universidad, habían crecido en familias cristianas y sus fuertes creencias les habían llevado a finalmente seguir una vocación inmensamente lejana para la mayoría de chicas españolas de su edad.

 

En un momento de la entrevista, Gonzalo les preguntó qué era, desde su punto de vista, lo que más llamaba la atención de la gente de su elección de vida. Y ellas respondieron al unísono que la felicidad que sentían y que transmitían. Y, personalmente, tengo que decir que también a mí me asombraba, desde que las había visto aparecer tras la reja que nos separaba, que sus sonrisas y la paz interior que transmitían al narrar sus vidas y sus experiencias en el convento, rebosaban sencillamente eso: felicidad. Una felicidad pura y absoluta.

 

Y resulta imposible no preguntarse: ¿cuántas vocaciones despiertan esa felicidad? Pero éste es otro asunto.

 

En el interior del convento de monjas de clausura Clarisas de Valdemoro

Finalmente, llegó el momento de centrarnos en las imágenes. Y, tras las primeras fotos en la sala de reuniones presidida por un crucifijo y dividida por una imponente reja en la que habíamos llevado a cabo nuestra conversación, me permitieron acceder al interior del convento, para hacer unas instantáneas.

 

Monjas de clausura Clarisas Valdemoro Reja

 

Monjas de clausura Clarisas Valdemoro anillo

 

El claustro del centenario convento, recientemente remodelado por completo, y el patio interior fueron nuestros escenarios. Ellas, entre timidez y orgullo, proponían posibles imágenes. Y yo me dejaba llevar por la magia del momento, tratando de mostrar el mayor respeto y la mayor cercanía por la enorme oportunidad que ponían ante mí. Lejos de poder documentar la vida del convento, el hecho de poder hacer esos retratos en ese escenario significaba mucho más de lo que hubiese esperado.

 

Monjas de clausura Clarisas Valdemoro claustro

 

Monjas de clausura Clarisas Valdemoro Campana

 

Monjas de clausura Clarisas Valdemoro patio 2

 

Monjas de clausura Clarisas Valdemoro Patio

 

Satisfecha por la especial jornada que había vivido, regresaba a casa. Retazos de la conversación se repetían mentalmente. Al igual que imágenes. Pero, sobre todo, sensaciones. Y la más recurrente de todas ellas era cómo mi atracción por documentar y profundizar en otras religiones a lo largo de mi carrera contrastaba con el poco interés por ahondar en la propia. Y días después, mientras aún saboreo las pastas con las que nos obsequiaron, no puedo dejar de imaginar cómo y cuándo las harán, dónde conservarán esas recetas centenarias, qué instrumentos de cocina usarán, qué indumentaria utilizarán para cocinar… y mil y una cosas más sobre sus rutinas, sus días, sus vidas…

 

Sin duda, las horas que pasé dentro de esos muros, escuchando primero la vida y la experiencia de las hermanas y retratándolas después, habían potenciado el incipiente interés por documentar esas vidas. Quién sabe si se quedará en un sueño o si se materializará. Espero que lo segundo, porque acercar a una mayor audiencia la vida real de las monjas de clausura desde esa nueva perspectiva alejaría muchos estereotipos y nos acercaría a ángulos inusitados para con ellas, para con su elección de vida y para con la fe que un día atrajo sus vidas al interior de ese convento. Y que más gente, incluso los que no sean cristianos, puedan adentrarse y entender mejor esta religión.

 

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