Gotas de agua

Croquetas de… Frases que marcan

A veces hay cosas que te dice alguien que, por la razón que sea, te marcan tanto, que tu mente las reconstruye con frecuencia. Es como un eco que resuena una y otra vez dentro de ti. Recuerdas entonces muchos de los detalles de la situación en la que los oíste por primera vez y, cuando mentalmente estás en ese proceso, parecen tan reales, que no importa el tiempo que hace desde aquel momento, porque lo tienes tan presente, que parece que lo estuvieras viviendo en ese mismo instante.

 

Hace algún tiempo, una persona muy especial para mí me dijo una de estas frases. La verdad es que, por más que lo pienso, no recuerdo muy bien cuándo fue. Sin embargo, recuerdo perfectamente el contexto de la situación. Estábamos en una reunión familiar con muchos de mis primos, tíos…

 

La familia de mi madre es enorme, son nueve hermanos (siete hermanas y dos hermanos) y, a pesar de las diferencias y particularidades de carácter y de elección de vida que cada uno de ellos han tenido, si por algo se caracteriza es por ser una familia muy unida. Seguramente esa unión sea el fruto de la semilla que plantaron mis abuelos…

 

Y de lo que no hay duda es de que esa semilla ha traspasado ya generaciones y a mis primos, hermanos y a mí, nos han transmitido esa unidad. Aunque ya de adultos, nuestra relación de primos es más esporádica, el tiempo que pasamos juntos siendo niños, todas las vivencias que hemos compartido y ese amor de primos difícil de explicar, sigue quedando patente. Sus alegrías se convierten en tuyas y sus tristezas las sientes también como propias.

 

Periódicamente nos reunimos en la que fuera la casa de mis abuelos, en la que hoy viven dos de mis tías, o en casa de mis tíos. Y en ésta segunda estábamos un día de sobremesa, charlando, riendo y disfrutando de estar juntos.

 

Mi prima Amaya es un año mayor que yo y de pequeñas éramos inseparables. La adolescencia nos distanció algo más, pero que nuestros hijos nacieran el mismo año, con tan sólo algunos meses de diferencia, volvió a despertar esa antigua complicidad.

 

Estábamos hablando tranquilamente y me preguntó sobre un proyecto que yo tenía en mente, y que hacía un tiempo le había comentado. En aquel momento, tenía bastante carga de trabajo y mi rutina diaria me dejaba poco tiempo para nuevos proyectos. Y ésa fue precisamente mi respuesta: “No tengo tiempo”. Mirándome fijamente a los ojos, con una mezcla de dulzura y desafío, me dijo de manera clara y contundente: “Pues qué pena, ¿no?”. Y sí, esta inocente frase se ha convertido en una de ésas que mi mente reconstruye con frecuencia.

 

“Pues qué pena, ¿no?” ha retumbado periódicamente en mí desde entonces. Seguramente porque sabía que en el fondo tenía razón, seguramente porque así lo sentía yo también, seguramente porque la verdad duele tanto escucharla que, cuando la oyes en boca de alguien que sabes que nunca te lo diría con maldad, y que lo último que quiere es hacerte daño, sino más bien al contrario, eres más receptiva a reconsiderar cosas.

 

Ahora soy consciente que ese “pues qué pena, ¿no?” no ha sido la única razón por la que he decidido reajustar prioridades y replantearme muchas cosas, pero creo que, sin duda, ha sido un factor importante.

 

Seguramente Amaya no recordará esta frase intranscendente y cuando lea esto se sorprenderá. Pero, para mí, aquella conversación ha significado tanto, que siempre le estaré agradecida.

 

¡Gracias Amaya!

 

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